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Cuando la fe se encuentra con lo imposible: Viviendo más allá de las ilusiones

1/21/2026

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Vivir “haciéndose ilusiones” y tener una fe bíblica no es lo mismo. Todos hemos estado ahí: parados en el umbral de un nuevo año, convencidos de que este será el año en que todo cambie. Esperamos que las cosas mejoren, soñamos con mejores circunstancias, pero no hacemos nada concreto para avanzar hacia ellas. ¿Será que la fe genuina requiere algo más que una simple ilusión?

La promesa que desafía la lógica
En Génesis 15, Abraham se encuentra ante Dios, sin hijos y envejeciendo, aferrado a una promesa que parece cada vez más imposible. Dios lo había llamado a dejar todo lo conocido y viajar a una tierra desconocida con la seguridad de que se convertiría en una gran nación. Sin embargo, tres capítulos después, el problema fundamental persiste: Abraham y Sara no pueden concebir.

Cuando Dios le habla de nuevo a Abraham, diciendo: "No temas, yo soy tu escudo, tu galardón será sobremanera grande", la respuesta de Abraham es refrescantemente honesta. En esencia, dice: "¿De qué me sirve una recompensa si no tengo heredero? Un siervo heredará todo lo que tengo".

Este es el tipo de honestidad cruda que la fe a veces requiere: no fingir que todo está bien, sino llevar nuestras dudas y decepciones directamente a Dios.

El regalo que no se puede ganar
La respuesta de Dios a la duda de Abraham es fascinante. No le da una explicación detallada ni un plan paso a paso. En su lugar, saca a Abraham y le dice: "Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Así será tu descendencia".

La recompensa que Dios ofrece no es un salario ganado por un servicio fiel; es un regalo. Esta distinción es importante. Si las bendiciones de Dios fueran pagos por nuestra confianza, dejarían de ser gracia. En cambio, lo que Dios da libremente requiere fe para ser recibido y apropiado.

Sin fe, nos dice la Escritura, es imposible agradar a Dios. No porque Dios sea exigente, sino porque cualquiera que se acerque a Él debe creer que existe y que recompensa a quienes lo buscan de corazón. El regalo está disponible, pero solo aquellos dispuestos a extender la mano y recibirlo experimentarán su poder transformador.

Cuando las circunstancias no cambian
Aquí es donde la historia de Abraham se vuelve profundamente relevante para nuestras luchas modernas. Entre la primera promesa de Dios y esta reafirmación en Génesis 15, nada en las circunstancias de Abraham había cambiado. Sara seguía siendo estéril. Seguían envejeciendo. La imposibilidad biológica permanecía firme.

Sin embargo, algo cambió en la respuesta de Abraham. La primera vez que Dios habló, Abraham protestó. La segunda vez, creyó. ¿Qué marcó la diferencia? El texto nos da una pista: la fe de Abraham se ancló no solo en la promesa, sino en Aquel que hacía la promesa.

El mismo Dios que esparció incontables estrellas por los cielos ciertamente podía darle un hijo a una pareja estéril. La fe de Abraham no se basaba en la razón humana ni en circunstancias favorables; estaba arraigada en la conciencia de sus propias limitaciones y en la grandeza ilimitada de Dios.

Una fe que se mueve
La fe de Abraham nunca fue pasiva. Requirió una convicción firme y un movimiento activo hacia lo que parecía imposible de alcanzar. Dios invita y permite, pero nunca obliga. La guía divina está disponible por elección, no por compulsión. Abraham tuvo que decidir si creer o alejarse de la promesa.

Este tipo de fe —la que convierte a Abraham en el padre de la fe para todos los creyentes— está dispuesta a permanecer anclada a las promesas de Dios incluso cuando su manifestación se retrasa. Incluso cuando parece que la promesa está tardando demasiado. Incluso cuando la duda se cuela y susurra que tal vez Dios se equivocó, o que somos demasiado viejos, o que perdimos nuestra oportunidad.

La recompensa redefinida
Jesús enseñó extensamente sobre las recompensas, particularmente en el Sermón del Monte. Cuando des, ores o ayunes, hazlo en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará. La recompensa no es el reconocimiento público ni la gratificación inmediata. Es la respuesta generosa de Dios hacia aquellos que atienden Su llamado y comparten Su vida.

Para Abraham, la recompensa inmediata no fue la tierra ni siquiera el hijo; fue aprender a vivir como una persona de esperanza en una situación desesperanzadora. Ser luz en la oscuridad. Confiar en la palabra de Dios cuando todo lo visible la contradecía. La recompensa fue convertirse en alguien cuya vida estaba organizada en torno a la voz de Dios y no a las circunstancias.

La batalla por la fe
Incluso los propios discípulos de Jesús lucharon con la fe. Fueron testigos de Sus milagros, escucharon Sus enseñanzas, caminaron con Él a diario; y aun así, se dispersaron cuando llegó la crisis. La fe no es una decisión única que elimina toda lucha futura. Es una elección diaria de confiar en el futuro de Dios y vivir con la seguridad de este, incluso en lo que se siente como un presente mortal.

El centurión, la mujer con el flujo de sangre, los amigos que bajaron a su compañero paralítico por un techo... todos ellos fueron elogiados por una fe que recibió activamente la novedad que Dios ofrecía. No esperaron a que las circunstancias mejoraran; se abrieron paso hacia la presencia de Dios con una confianza expectante.

La promesa mayor
Hebreos 11 nos dice que Abraham y muchos otros héroes de la fe "recibieron testimonio por la fe, pero no recibieron lo prometido". A primera vista, esto parece devastador. ¿Confiaron plenamente en Dios y no vieron el cumplimiento?

Pero el pasaje continúa: "Dios había provisto algo mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros". La promesa nunca se trató solo de una generación o una familia. Se trataba de Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él sufrió la cruz.

Viviendo la promesa hoy
Nosotros estamos en una posición única. A diferencia de Abraham, sabemos cómo se desarrolla la historia. Hemos visto la fidelidad de Dios a través de las generaciones. Sabemos que Jesús vino, murió y resucitó: el cumplimiento máximo de la promesa que comenzó con Abraham.

Sin embargo, seguimos enfrentando nuestras propias imposibilidades. Relaciones rotas que parecen irreparables. Situaciones financieras que parecen desesperanzadoras. Desafíos de salud que la ciencia médica no puede resolver. Sueños que se sienten perpetuamente retrasados.

La pregunta no es si Dios puede cambiar nuestras circunstancias; las estrellas siguen dando testimonio de Su poder creativo. La pregunta es si organizaremos nuestras vidas en torno a Su voz, confiando en Su palabra incluso cuando nada visible ha cambiado.

La verdadera fe va más allá de la ilusión y se convierte en confianza activa. Reconoce las limitaciones mientras descansa en la grandeza de Dios. Lleva dudas honestas a Dios mientras elige creer de todos modos. Reconoce que la recompensa final no es una casa más grande o mejores circunstancias, sino la presencia transformadora de Dios mismo.

Abraham creyó, y le fue contado por justicia. No después de que todo se solucionó, sino en medio de la imposibilidad. Ese es el tipo de fe que lo cambia todo, no porque manipule las circunstancias, sino porque nos abre a recibir lo que Dios da gratuitamente.

¿Qué imposibilidad estás enfrentando hoy? ¿Qué promesa estás esperando ver cumplida? El mismo Dios que habló a Abraham, sigue hablando hoy. La pregunta es: ¿vas a creer?

— Ps. Jorge


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    ¡Bienvenidos!

    Qué alegría que estén aquí. Soy pastor desde 2013 y hace poco me mudé a Houston. Me pueden encontrar pastoreando en Atascocita, al noreste de la ciudad. Consideren este espacio mi cuaderno digital para las reflexiones de mis mensajes dominicales. Espero que estos pensamientos les sirvan de impulso, ayudándolos a crecer en su fe y animándolos en su caminar.

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